
La doctora Laura Perucca, investigadora superior del Conicet y de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad Nacional de San Juan, especialista en neotectónica, peligro sísmico y geomorfología, lanzó una advertencia fundamental sobre los riesgos de fenómenos aluviales en la provincia, especialmente en el contexto del fenómeno El Niño. La especialista explicó que los procesos de remoción en masa —masas de rocas, detritos, agua y nieve que se deslizan por la acción de la gravedad— pueden activarse por distintos factores: un sismo de magnitud cuatro ya puede provocar caída de rocas; uno de magnitud seis puede generar avalanchas; también lo hace una lluvia intensa concentrada en poco tiempo o un deshielo rápido y repentino de la nieve acumulada en la cordillera.
Los aluviones se distinguen de las crecidas comunes porque transportan no solo agua, sino gran cantidad de sedimentos, rocas de distintos tamaños, árboles y todo lo que encuentran a su paso, con enorme poder destructivo. Existen además los llamados efectos en cascada: cuando un deslizamiento obstruye un cauce y forma un lago temporal, la rotura repentina de ese dique natural genera una ola de agua y escombros que barre todo a su paso. Un ejemplo histórico documentado ocurrió en Mendoza en 1934, cuando el desborde de un lago vinculado al glaciar El Plomo causó graves daños aguas abajo. En San Juan, la cuenca del río La Ciénaga, que desemboca hacia Zonda, registra eventos destructivos con fechas documentadas en 1942, 1969, 1978, 1979, 2005, 2007 y nuevamente en 2026, lo que demuestra su recurrencia.
Una de las problemáticas más delicadas que señala la investigadora es la ocupación humana en zonas de riesgo. En departamentos como Pocito, asentado sobre el piedemonte de la Sierra Chica de Zonda, muchas calles siguen el trazado de antiguos cauces naturales. Cuando las defensas se colman o resultan insuficientes, el agua recupera su camino histórico y circula por las zonas urbanas. La prevención, entonces, no consiste solo en construir muros, sino en reconocer qué zonas son naturalmente propensas a inundarse y evitar que se sigan construyendo allí viviendas e infraestructura. La identificación cartográfica de zonas vulnerables, el mantenimiento limpio de los cauces y los sistemas de alerta temprana son las herramientas más efectivas para reducir pérdidas ante un panorama climático cada vez más variable y con nevadas tardías que aumentan el riesgo de deshielos súbitos en primavera y verano.
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